“El perdón no es ilusa ingenuidad que todo lo embellece y que con su interpretación de la realidad escamotea el mal. Entonces, ya no habría en el fondo, nada que perdonar, y se rehuiría una difícil tarea.

sobre el perdonPerdonar no es una forma de represión que busca la propia tranquilidad y evita altercados con la injusticia. La represión nunca es una solución duradera para un problema. Expresar la cólera puede provocar conflicto y hostilidad. Pero tragarse la cólera y reprimirla también tiene su precio; puede conducir al agotamiento y la depresión. La cólera es un veneno: venenoso en su expresión incontrolada, pero también muy venenoso en su represión. El perdón hace frente al mal y lo aborda con coraje y sensatez.
Perdonar no es olvidar. Una profunda injusticia que hemos padecido permanece almacenada en nuestra memoria, en nuestra psique, y a veces en nuestro cuerpo. La herida deja cicatrices que recuerdan lo que se nos hizo. Al perdonar no olvidamos, sino que recordamos de otra manera. Recordamos de una manera que no abriga ningún resentimiento y ninguna amargura y que ya no nos encadena a lo que nos hizo mal. El perdón abre un camino hacia el futuro, mientras que el resentimiento nos mantiene encerrados en el pasado malo.

Perdonar no es una debilidad que no se atreve a afrontar la realidad y que carece de convicción y de autentico compromiso. Todo lo contrario el perdón es valeroso y exige mucha fuerza.

Perdón no es lo mismo que impunidad. Aun cuando el autor del mal ya fuera castigado de manera justa ante un tribunal o en otro lugar, a la víctima le queda la tarea del perdón. Un castigo jurídico acontece “fuera” en el otro; el perdón acontece en el propio corazón. Y al revés, perdonar a una persona su maldad no significa, sin más, renunciar a un castigo justo.
En los cursos sobre “arte y ciencia del perdón” que se dan en algunas universidades estadunidenses, habitualmente se parte de la siguiente definición del perdón: “abandonar el resentimiento a que se tiene derecho” y con ello también el deseo de venganza y de desquite. Se hace una distinción entre perdón y reconciliación. Esta ultima precisa al menos dos personas, mientras que el primero es posible independientemente del contacto con el autor del mal. Puede haber casos en que sea mejor quedarse en el perdón y no aspirar a una reconciliación: por ejemplo en el caso de una violación.
El perdón es difícil, pues algo en nuestra naturaleza desea aferrarse a nuestra herida y a nuestro (¡legitimo!) resentimiento, que para nosotros son como un tesoro precioso y oscuro. Podemos retirarnos a nuestra condición de heridos, asentarnos y aislarnos en ella, y así cultivar nuestro resentimiento y nuestro dolor. Ello puede convertirse en una especia de adicción. Con la actitud de resentimiento se va extinguiendo continuamente algo en nosotros, como, por ejemplo, el humor, la espontaneidad, la energía, los sueños y el sentimiento de autoestima; y es seguro que también resulta perjudicial para la salud. El verdadero perdón nos arrebata este tesoro tenebroso y destructor que luego tampoco podemos utilizar ya contra los demás.

El perdón entraña madurar, pasando del estado de victima pasiva, sin control sobre los sentimientos, a la comprensión de que nosotros mismos somos la fuente de nuestros sentimientos. El perdón es la comprensión lentamente desarrollada de que no podemos tener a las demás personas bajo control. El verdadero perdón es un gran reto, como un salto sobre la propia sombra. Cuando no se consigue permanecemos en el desdoblamiento de la personalidad, nos quedamos a medio camino en nuestra vida…giramos en un circulo de repeticiones sin fin que a veces llegan a ser neuróticas. Llevamos con nosotros una carga opresiva y asfixiante, fiascos, fracasos, planes desbaratados, heridas en nuestro honor y en nuestra sensibilidad. Solo con el perdón irrumpe algo verdaderamente nuevo en nuestro mundo. Surge entonces un ámbito de libertad en el que se puede seguir desarrollando la vida.

El perdón requiere fuerza; pero no perdonar malgastaría mucha energía vital y alegría de vivir. Poder perdonar es un alivio y una liberación. Normalmente el perdón es un proceso largo. Primero se debe tomar la decisión consciente de querer lanzarse a dicho proceso. Después se necesita paciencia para andar de hecho el camino del perdón. Me gusta compararlo con un espiral. En un espiral se avanza, pero solo con un movimiento circular con el cual, cada vuelta, se vuelve a pasar por el punto crítico. Allí se ve enfrentado al autor del mal y debe perdonarlo de nuevo una y otra vez”.

Texto tomado del Libro “El arte de envejecer”
Autor: Piet van Breemen sj. Editorial Sal Terrae 2°edicion, 2004

Piet Van Breemen, jesuita holandés, nació en 1927,cursó estudios de filosofía, teología y física nuclear. Es autor de numerosos libros de espiritualidad que han obtenido una enorme difusión en el mundo de hable inglesa y francesa.